Proclamando el Evangelio y preparándonos para el pronto regreso del Señor Jesús.

¿Quién está en tu barca?

La Biblia nos narra una extraordinaria experiencia de la vida de Jesús (en el libro de San Marcos 4:35-14), la cual contiene un poderoso mensaje para ti y para mi hoy.

Cierto atardecer, después de muchas actividades durante el día enseñando las preciosas verdades del evangelio, sanando enfermos y atendiendo las necesidades de la gente, Jesús se hallaba agotado. El Salvador del mundo había alcanzado un punto en que necesitaba unas horas de privacidad, de soledad y de descanso. Fue así que les pidió a sus discípulos que le alistaran una barca, en el gran lago de Genezaret.

Esta hermosa reserva de agua de 13 millas de largo por 8 de ancho es tan grande que también se la conoce como el Mar de Galilea. Todavía hoy continúa siendo el lago más importante de Israel. Mucho de la vida y ministerio de Jesús había transcurrido alrededor de sus riberas. De hecho, allí conoció a varios de sus discípulos, quienes eran pescadores de profesión.

Este día, Jesús decidió navegar con sus discípulos a la ribera oriental, donde esperaba poder descansar. Sin embargo, puesto que su mensaje de salvación lo habían convertido en una verdadera celebridad, todo el mundo quería acercarse a él, escucharlo y ver sus milagros, no pudiendo evitar que mucha gente lo siguiera en otras barcas. En cuanto su embarcación se puso en camino, ya caído el sol, Jesús se recostó en un rincón en su popa, y en pocos momentos quedó profundamente dormido.

El bote avanzaba lentamente su recorrido de varias millas, a velocidad de sus remeros, cuando repentinamente comenzó a soplar un viento característico de este lago – según comentan los habitantes del lugar -. Es muy común que soplen vientos provenientes del cercano Mar Mediterráneo, y que terminen desencadenándose en fuertes tempestades sobre el Mar de Galilea. Esta fue una de esas ocasiones.

El cielo comenzó a cubrirse de espesas nubes, las cuales acentuaron la oscuridad de la noche, mientras el viento agitaba cada vez más las aguas y la embarcación. Los discípulos comenzaron a usar toda su experiencia en tratar de mantener la barca en rumbo, pero el viento arreciaba más y más y la pequeña nave era ahora sacudida violentamente por las olas. Sólo un relámpago aquí y allá, que anunciaba la lluvia que se avecinaba, les permitía esporádicamente iluminar la escena.

El agua había comenzado a anegar la barca como producto de las fuertes oleadas, y los discípulos ya estaban entrando en un estado de angustia que al rato se convirtió en terror, ante la expectativa de que no lograrían sobrevivir.

Mientras tanto, exhausto, Jesús continuaba profundamente dormido. Comenzaron a gritarle, y finalmente lograron despertarle, clamando que los ayudara, o perecerían.
Inmediatamente, Jesús se incorporó, y con toda su autoridad extendió su brazo y clamó a gran voz: “Calla, enmudece”. En un instante, la tormenta cedió, cesaron el viento y los relámpagos, y una calma sorprendente cayó sobre las aguas del lago, dominando la escena. Las densas nubes desaparecieron rápidamente y el firmamento estrellado brillaba ahora sobre sus cabezas. Los discípulos, al igual que las muchas otras personas en las demás barcas, quedaron atónitos, y se decían entre sí: “¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?”

Esta barca es una elucuente representación de tu vida, y la mía. Todos tenemos nuestra barca. Allí llevamos, en este viaje por la vida, a nuestra familia, nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestras ocupaciones, nuestras finanzas, nuestras amistades, nuestro carácter, nuestra salud, y todo lo que conforma nuestra existencia.

Todos debemos enfrentar en nuestra vida momentos de tormenta, momentos en que todo se obscurece, momentos en que nuestra barca comienza a sacudirse y pareciera que no hay esperanza, que en cualquier momento va a hundirse.

Tal vez sea tu matrimonio que no está funcionando, o tal vez sea un hijo en malos pasos, o quizás un problema de salud, tuyo o de algún familiar, o la pérdida de un ser amado, o ese negocio que no logras que salga adelante, o un mal hábito del que no logras desprenderte, o cualquier otra cosa que perturba tu paz. Y no es de sorprender que en ocasiones, hasta nos asalten dos o tres tempestades al mismo tiempo, o una detrás de la otra, y sentimos que el mundo se derrumba delante de nuestros ojos. Parece como que no hay luz, que todo es tinieblas, viento y relámpagos, asaltando nuestra vida y llevándonos hasta el mismo borde de la catástrofe y la desesperanza.

A veces llegamos a un punto donde ya no hay nada. Donde lo único que quisiéramos es morir, y ya no tener que continuar lidiando con nuestra terrible realidad.

La pregunta es: ¿Está Jesús en tu barca? ¿Está tu barca dirigida por el po-der de Dios? ¿O eres tú solo, tratando de resolver todos tus dramas con tus propias fuerzas, al igual que los discípulos tratando de rescatar inútilmente su nave, por su propio esfuerzo?

Cuando pones tu vida en las manos de Jesús, cuando le clamas a él: “Señor, sálvame, que yo no puedo salvar mi barca de que se hunda”, entonces, al igual que lo hizo aquella noche, él va a levantarse y extender su brazo poderoso y tomar partido en tu situación, cualquiera que sea.

La Biblia asegura: “He aquí que yo soy Yahweh, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (Jeremías 32:27). Y Cristo mismo dijo: “Porque nada hay imposible para Dios.” (S. Lucas 1:37) y repite: “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.” (S. Lucas 18:27). Con solo ver la historia en el Mar de Galilea, podemos creer que esto es verdad.

Cuando todo parezca negro y sin esperanza, o mejor aun, antes de llegar a ese punto, vuelve tus ojos a Aquel que todo lo puede, para quien nada es demasiado enredado o difícil. Entonces descubrirás que en realidad Jesús siempre estuvo contigo en tu barca, en silencio, sólo esperando el momento en que reconozcas que tu solo no puedes, y le llames.

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Si tienes una necesidad o un pedido especial de oración, o si deseas estudiar la Biblia en tu hogar, o simplemente necesitas alguien con quien hablar, por favor no dudes en llamarme al 281.791.7531. Mi nombre es Martín.

Después de la Boda Viene el Matrimonio

Nancy Van Pelt

Cuando pasó por la puerta de la iglesia, pensé que era el hombre más buen mozo y atractivo que había visto en toda mi vida. Harry estaba apostado en la base naval cercana a mi ciudad natal. Durante nuestra primera cita fuimos a presenciar un espectáculo aéreo que incluía una feria. Nos pusimos a jugar tratando de echar monedas dentro de unas vasijas que podíamos ganar como premio, si lográbamos que las monedas cayeran en el interior de las mismas. Ganamos un par de vasijas, y nos dijimos bromeando que las usaríamos en nuestra casa cuando nos casáramos y fuéramos de misioneros a tierras remotas.

Continuamos saliendo juntos y nos fuimos enamorando cada vez más. Llegado el momento, Harry hizo detonar la famosa pregunta y así se dio inicio a la fiebre de la boda, la cual se realizó en la casa de mis padres, que tenía vista al mar. El organista tocó las primeras notas de la Marcha Nupcial de Lohengrin y yo bajé la escalinata que conducía hacia el pasillo central del jardín. Aunque la niñita de las flores comenzó a llorar y se rehusó a esparcir los pétalos de rosas, nuestra boda fue como la de un de cuento de hadas. La ceremonia se desarrolló sin incidentes. Era un hermoso día y todo el mundo coincidió al decir que el nuestro había sido un casamiento muy hermoso y romántico. Pero después de la boda viene el matrimonio.

El golpe de la realidad

La mayoría de las parejas descubre que a los pocos días después de la luna de miel, la realidad golpea veloz y profundamente. Así es; los novios comparten eufóricos todo el entusiasmo de establecerse en su primera casa, pero deben estar preparados para la desilusión que pueden sufrir después: se esfuman la dicha y el encanto del interés indiviso que se habían estado prodigando mutuamente hasta ese momento. De ahí la expresión “la luna de miel se acabó”.

El novio sufre aun más severamente la desilusión que la novia. Los flamantes maridos tienden a echar de menos la pérdida de libertad y se sienten asediados por sus nuevas obligaciones como dueños de casa y las preocupaciones financieras. Y las flamantes esposas tienden a desilusionarse cuando sus maridos comienzan a considerarlas como si fueran propiedad asegurada. Caen las máscaras que cada uno se puso antes del matrimonio y se manifiesta la persona como es, con su modalidad y temperamento reales.

El primer año es generalmente el más ríspido de la mayoría de los matrimonios. La mitad de ellos admiten que atraviesan serios problemas conyugales y que el aumento del número de discusiones que sostienen después del casamiento es dramático. También tienden a ser más críticos hacia su pareja “perfecta” de otros tiempos y se vuelven más rigurosos al evaluar sus sentimientos de confianza propia.

Durante los primeros doce meses, un matrimonio tiene que enfrentar la mayoría de los problemas con una experiencia mínima. Para ser veraz, debo admitir que el futuro del matrimonio depende del ajuste que tiene lugar precisamente durante esa época. El tiempo de mayor aprendizaje para una pareja son las primeras seis semanas posteriores a la boda. Gradualmente aprenden que deben compartir a su compañero o compañera. En otras palabras, no pueden monopolizar el cien por ciento de su interés, afecto, o atención. Jefes, padres, amigos y parientes demandan que se les dedique tiempo.

Además, dentro de esta etapa de desilusión, la joven esposa puede sorprenderse al descubrir que su novio, habitualmente bien aseado, ahora se levanta como su marido de mal aliento y barba crecida. Y cuando ella le quita la frazada de noche y rechina los dientes lo pone fuera de sí a él. Aun cuando la mayoría de las parejas son lo suficientemente realistas para comprender que atender una casa lleva tiempo, no estiman de manera realista el tiempo y esfuerzo que se requiere para hacer compras, cocinar y atender una casa de familia además de un sinnúmero de otras tareas.

Lo que nos salva de la desesperación es que tendemos a soñar con la felicidad en lugar de ponernos a pensar en lo trabajoso y fatigoso que es el matrimonio. Si nos detuviéramos solamente en el aspecto de lo rutinario que es, ¡ninguno de nosotros se hubiera casado! El hecho de que seis de cada diez matrimonios en los Estados Unidos se disuelve prueba que la desilusión se produce temprano, fuerte y rápidamente.

Sin embargo, a medida que se va adquiriendo experiencia personal, uno se da cuenta que su matrimonio sobrevivirá a pesar de los desacuerdos que se produzcan. Y también se aprende a admitir que algunas discusiones son inevitables. Se puede ser amigos y quererse, aunque no siempre haya coincidencia en todas las cosas. Cuando se llega a ese punto, uno suele preocuparse menos por las pequeñeces esporádicas y pensar que suelen suceder aun en las mejores relaciones.
Cada año que vivan como pareja aumentan las posibilidades de permanecer casados. Al llegar al quinto aniversario, las posibilidades de divorcio comienzan a reducirse cada año.

 

¿Qué hace felices a las parejas?

Es difícil aislar los factores que hacen que una pareja sea feliz. Pero la manera en que reaccionas tú ante tu cónyuge y viceversa en tres áreas básicas, en gran medida determina el nivel de tu propia felicidad. Esas áreas son: 1) Tus expectativas futuras. 2) Patrones de comunicación mutua. 3) Manera en que la pareja toma decisiones y resuelve sus diferencias.

Expectativas. Es importante que ustedes clarifiquen sus expectativas bien temprano en el matrimonio. Todo lo bien que se lleven en el futuro se determinará por lo bien que comprendan sus mutuas expectativas, poniéndose de acuerdo sobre ellas con anticipación. Cuando tú y tu compañero o compañera coinciden pueden enfrentar el futuro con confianza, haciendo cada uno su parte. Al final, disfrutarán resultados mutuamente satisfactorios debido a los esfuerzos compartidos. Si tú quieres una casa de sólo un piso y tu pareja desea una de dos pisos, se encontrarán que están confrontando propósitos cruzados.

Las mutuas expectativas se centran generalmente en cinco áreas básicas: a) cómo deseas que se te trate; b) cómo crees que tu pareja quiere que se la (lo) trate; c) cuáles crees tú que son tus responsabilidades y derechos; d) cuáles crees tú que son las responsabilidades y derechos de tu cónyuge; y e) qué esperas del matrimonio a largo plazo.

Algunos matrimonios jóvenes niegan que ellos tienen tales expectativas o piensan que pueden modificarlas ante cualquier situación que surja. Pero las expectativas no pueden ser modificadas tan fácilmente. Se acumulan a través de toda la vida y llegan a formar parte íntima de uno y el cambiarlas podría ser sumamente difícil. Tus expectativas forman parte de ti como la respiración. Así como tú no te das cuenta que estás inhalando o exhalando, tampoco te das cuenta cuán profundamente tus expectativas se han convertido parte de tu ser.

Cuantos más cambios necesiten producirse, tanto más difícil será concretarlos; cuantos menos cambios tenga que hacer un matrimonio acerca de necesidades económicas, sociales, personales y religiosas, tiene más posibilidades de obtener el éxito. El matrimonio que requiere muchos cambios por provenir sus cónyuges de medios culturales muy diferentes, tiene mayores probabilidades de fracasar.

Entonces tiene sentido aclarar todas las expectativas amplia y honestamente antes de la boda. Si las expectativas están en conflicto, ustedes tendrán que descubrir la manera de hacer ajustes, aceptarlas o descartarlas. Se debe abandonar la idea que tienen algunos de que “mi manera de hacer las cosas es la única que funciona” y en cambio aceptar que hay varias maneras de hacer una cosa.

Obviamente, cuanto más se aclaren antes del casamiento las expectativas que se tengan, menos aclaraciones se necesitarán después. Sin embargo, aunque traten cuantas puedan, siempre habrá algunas que no se han previsto. Quedarán pendientes todavía muchos ajustes; pero en esto consiste el matrimonio: el de unir dos sistemas familiares diferentes en la forma de pensar, sentir y actuar, y tratar de integrarlos en una relación armoniosa.

Comunicación. Si tú y tu esposa o esposo quieren aprender a llevarse bien, deben desarrollar un sistema de comunicación que permita que cada uno pueda comprender cómo se siente el otro en relación con cada aspecto de la convivencia. Idealmente, el esposo y la esposa debieran ser capaces de tratar cada tema de interés o preocupación mutuos. Sin embargo, las parejas aprenden rápidamente que ciertos tópicos generan temor, ansiedad, duda o enojo. A pesar de ello, cuanto menos de estos asuntos queden fuera de la discusión, tanto más plena y satisfactoria será la comunicación de ustedes.

Cuando se traen al tapete las emociones como tema de discusión, éstas pueden ser analizadas como lo que son: sentimientos. Los sentimientos no son malos de por sí. Son pasajeros por naturaleza y nosotros no seríamos humanos sin ellos. La pregunta importante es si es apropiado que esos sentimientos sean expresados en ese preciso momento.

 

He aquí algunos lineamientos
para expresar sentimientos de manera apropiada:

Habla sin enojo u hostilidad. Baja el tono de la voz en lugar de elevarlo.

Exprésate con claridad y específicamente. Piensa a medida que hables y aclara lo que quieres decir.

Ten una actitud positiva y demuestra agradecimiento. No caigas en una actitud inquisitiva, acusadora, enjuiciadora, generadora de apelativos y otras cosas negativas.

Trata de ser cortés y manifestar respeto hacia la opinión del otro, aun cuando no estés de acuerdo.

Demuestra sensibilidad hacia las necesidades y sentimientos del otro.

 

Y ahora, algunos principios
para ser un mejor oyente:

Manifiesta interés por tu cónyuge. Debes mantener tu mirada en contacto con la de tu compañero o compañera con una sonrisa o con un movimiento de cabeza.

Usa frases apropiadas para mostrar que estás de acuerdo, que tienes interés y estás entendiendo lo que escuchas.

Formula preguntas bien elaboradas que denoten atención y buen ánimo al hacerlo.

Cuando creas que terminaste de escuchar, tómate otros treinta segundos más.

Recomendaría que todos los recién casados eviten tener televisión durante su primer año de casados, pues el mirar televisión les robará muchas horas que podrían dedicar a comunicarse y perder la oportunidad de desarrollar un vínculo más estrecho. Es esencial que durante ese primer año, tan importante, tejan juntos un firme lazo de intimidad que se preserve por medio de una buena comunicación.

Haciendo decisiones y resolviendo desacuerdos. Antes de la boda, es muy probable que no te imaginabas ni a ti ni a tu pareja riñendo, discutiendo o incurriendo en actitudes mutuamente derogatorias. Es posible que se lo hayas visto hacer a tus padres y es probable que te prometiste que cuando te casaras nunca harías eso. Y cuanto más joven eres tanto más fácil es que esperes resolver cada problema con buen ánimo y amabilidad.

Sin embargo, mientras te adaptas a la rutina de la vida conyugal, tendrás que tomar decisiones relativas a la vida diaria, el funcionamiento mutuo y los objetivos mayores compartidos. Y cada vez que hagas una decisión, estarás estableciendo una referencia futura. En otras palabras, cuando te encuentres con una decisión similar, no volverás a las negociaciones previas; lo más probable es que te basarás en la decisión tomada anteriormente.

Pero, ¿cómo se logran las decisiones? ¿Puede uno hacer la decisión y tratar de ganarle al otro automáticamente? ¿Siempre debe ceder uno de los dos? Los recién casados se sienten impactados cuando se dan cuenta de que es absolutamente básico para su relación ventilar los sentimientos en voz alta cuando están por tomar una decisión. A menos que cada uno verbalice sus sentimientos, nunca comprenderán los sentimientos subyacentes por causa de los cuales disienten.

No es el disenso, sino el patrón de conducta que estableces durante las primeras semanas y meses de tu matrimonio, en tu intento compartido de manejarlos, lo que realmente importa. He aquí algunos asuntos para recordar:

 

Disponte a estudiar juntos cualquier problema que surja.

Trata de resolver las diferencias sin establecer que uno está “correcto” y que el otro está “equivocado”.

Evita los arranques de ira. El “levantar presión” raramente produce resultados positivos. El enojo surge casi siempre cuando nuestra autoestima es amenazada. En lugar de mostrarte airado, sería mucho mejor reconocer ese sentimiento de enojo e intentar descubrir por qué es tan necesario defenderse tanto. Los gestos románticos y palabras amorosas son depósitos en el banco del amor, los arranques de enojo hacen enormes extracciones. Vigila que tu cuenta no se quede sin fondos.

 

La crisis de los suegros

Los problemas con los suegros están a la cabeza de las áreas conflictivas de los recién casados. Más que cualquier otro problema, los desacuerdos vinculados a los suegros afectan los primeros años del matrimonio.

A los padres les resulta difícil dejar ir a un hijo o una hija, a los cuales han cuidado durante tanto tiempo. Durante las primeras semanas y meses de casamiento, ambas parejas de padres observan el agregado a la familia y juzgan de acuerdo con sus propios niveles de exigencia. Algunos estudios realizados muestran que la madre del esposo puede representar el mayor problema, porque ella se identifica más cercanamente con la función de la esposa y puede volverse crítica de la manera en que otra mujer cumple una función que ella ha manejado exitosamente por años.

 

Estas son algunas sugerencias que pueden ayudar:

1. Establezcan su propio hogar después del casamiento. No vivan con sus padres, ni siquiera temporariamente. No es posible desarrollar intimidad en la casa de otro, aun cuando los padres prometan dejarlos solos. El vivir con los padres hace que ustedes sientan que no han crecido lo suficiente todavía y pueden sentirse restringidos en muchos aspectos, hasta en el aspecto sexual.

2. Esmérense en el establecimiento de una buena relación con sus suegros. El flamante esposo podría enviar un ramo de flores a su suegra para su cumpleaños. La nuera podría enviarle a su suegra un regalo para el Día de la Madre. Invítenlos a cenar o a salir de noche. Las recompensas pueden ser grandes. Si tratan a sus suegros como amigos, van a descubrir que ellos los van a tratar a ustedes del mismo modo.

3. Acepten a sus suegros como son. Es posible que a ustedes les gustaría hacer algunos cuantos cambios en ellos, pero ocurre que a ellos también les gustaría hacer algunos cambios en ustedes. Concédanles tiempo para ajustarse a ustedes y a la pérdida de su hijo o hija.

 

Y nunca, nunca, nunca…

discutas las faltas de tu marido o esposa con tus padres;

cites a tu familia o pongas a tus familiares como modelos ante tu cónyuge;

des consejos a tus suegros a no ser que ellos te lo pidan;

hagas de un viaje a casa de tus suegros tus vacaciones;

amenaces con un “Me voy a casa de mamá” o realmente lo cumplas.

Cuando visites a tus suegros, procura que las visitas sean cortas. Si ellos te dan consejos, acéptalos cortésmente. Si te resultan adecuados, síguelos. Y si no, ignóralos. Entra en el matrimonio con una actitud positiva hacia tus suegros.

Determínate a gozar de tu familia política.

 

La última palabra

Harry y yo experimentamos numerosos problemas en nuestros primeros años de casados. Aunque no éramos quinceañeros o adolescentes, eramos jóvenes, ingenuos e ignorantes de las disciplinas de la vida conyugal. Tratamos de resolver nuestro problemas a nuestro modo, pero no funcionó muy bien.

Ibamos a la iglesia fielmente, compartíamos el culto familiar con nuestros hijos y hacíamos todas las buenas cosas que se supone que todos los cristianos deben hacer. Pero las cosas no mejoraban. Si no hubiera sido por nuestra fe en ese momento, hubiéramos tirado todo por la borda, creyendo que no valía la pena conservar lo que tuvimos juntos, que hubiera sido mejor seguir cada uno por su camino y no seguir atormentándonos más.

Pero la fe cristiana en la que habíamos crecido nos retuvo y no nos permitió hacer eso. Hoy nos hemos afianzado más fuertemente que nunca en el amor del Señor y en el amor del uno para con el otro, lo que nos ayudó a encontrar la solución a nuestros problemas. Aprendimos que sacamos de nuestro matrimonio lo que ponemos en él.

Un matrimonio feliz requiere valentía, determinación, honestidad y sí, ¡una dosis de buen humor! Si tú puedes aprender a divertirte con los errores, el Cielo promete enviar un escuadrón de limpieza para barrer las piezas rotas y darle a tu matrimonio un comienzo fresco, renovado.

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Nancy van Pelt es una profesional de vida familiar y autora de 22 libros, de los cuales el más reciente es Highly Effective Marriage. Van Pelt vive en: 493 Timmy Ave., Clovis, California 93612-0740, E.U.A. E-mail: vanpelt5@juno.com. Sitio en la web: heartnhome.com

¿Casarse o vivir juntos?

Julián y Annette Melgosa

Mi novia y yo tenemos una relación estable. Siendo que planeamos casarnos en poco más de un año, al terminar nuestros estudios universitarios, estamos considerando las ventajas de vivir juntos antes de nuestro casamiento. Esto nos ayudará a ahorrar dinero, conocernos más el uno al otro y nos permitirá fortalecer nuestro compromiso mutuo. Algunos de nuestros amigos nos dicen que esto no es sabio. ¿Qué es lo que piensan?

Vivir juntos sin haber formalizado un contrato matrimonial puede parecer práctico, especialmente cuando hay un mutuo compromiso de casarse en un futuro.
Sin embargo hay un gran número de desventajas que necesitan considerar. Obviamente debes preguntarle a tu novia qué es lo que ella siente con respecto a esta idea. La mayoría de las mujeres miran la convivencia con cierta aprensión y la ven como transitoria, inestable e insegura. Con mucha razón, ellas prefieren la seguridad del matrimonio desde el primer día. Los estudios comparativos entre mujeres que conviven con sus novios y mujeres casadas, muestran que las primeras sufren de mayor insatisfacción y depresión.
Varios estudios revelan una mayor incidencia de violencia doméstica hacia mujeres y niños cuando no existe un casamiento legal. Mas aún, cuando se formaliza el matrimonio, las parejas que convivieron en la etapa de noviazgo experimentan niveles más bajos de satisfacción durante los primeros años de matrimonio que aquellas que se casaron sin convivencia previa. Esto se demostró por primera vez en un estudio pionero realizado en la década del 80 en Canadá y conducido por Robert Watson. En investigaciones similares realizadas en otras partes y con posterioridad, se encontraron resultados consistentes. Quizás el investigador más activo en esta área es David Olsen de la Universidad de Minnesota, quien estudió a más de 20 mil parejas comprometidas y casadas. Se demostró consistentemente que las parejas que han vivido en forma separada antes del matrimonio tienen el nivel más alto de satisfacción en el matrimonio. Por el contrario, las que conviven antes de casarse mostraron el nivel más bajo.

Un matrimonio comprometido y legal, en oposición a la convivencia, tiene varias ventajas. Aquí hay algunas:

1. La relación matrimonial crea un compromiso público y privado, como así también altas expectativas en la pareja. Esto produce mayor estabilidad.

2. Cuando surgen las crisis, los casados demuestran un alto nivel de energía y voluntad para resolver el conflicto. Esto se debe a que el matrimonio es visto como un compromiso estable y permanente.

3. Cortar los lazos matrimoniales es generalmente considerado como un último recurso, a diferencia de que?romper un arreglo de convivencia es mucho mas fácil (cerca de la mitad de las parejas conviviendo fuera del matrimonio se separan). Esto es especialmente significativo para parejas cristianas que ven el matrimonio como un compromiso para toda la vida.

4. El matrimonio es universalmente respetado, mientras que la convivencia generalmente acarrea un estigma social. La mayoría de las sociedades y familias esperan que una pareja comprometida se case y no simplemente que convivan. ?Si de todos modos lo hacen, esto acarrea una alienación de la familia y mucho dolor para los seres queridos como ser los padres, hermanos y otros familiares.

5. Cuando se interrumpe un matrimonio, la ley hace provisión para los hijos y el cónyuge. Para las parejas que conviven, las promesas verbales o acuerdos previos generalmente no tienen ninguna consecuencia.
Si tú y tu novia son cristianos respetuosos de la Biblia, deberían tomar en consideración la alta visión que Dios ha tenido acerca de la unión matrimonial desde el mismo comienzo. Jesús mismo realizó su primer milagro en Caná celebrando y dando su sello de aprobación en un casamiento. A pesar del aparente beneficio de la convivencia, esto es en realidad un pobre sustituto del vínculo matrimonial legal entre un hombre y una mujer que se aman verdaderamente y que permanecen castos hasta proferir sus votos ante Dios y en presencia de familiares y amigos. Jamás se arrepentirán.

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Julián y Annette Melgosa son autores del libro To Couples (Madrid: Safeliz, 2004). Julián es decano en la Escuela de educación y psicología en Walla Walla College y Annette es bibliotecaria en esa institución en College Place, Washington, EE.UU.